¿Por
eso su casa es una cueva?
(Risas)
¿Eso es lo que se dice?
Incluso
se ha escrito al respecto ¿Dónde vive realmente?
Prefiero
que sigan pensando que en una cueva.
A
lo que hace ¿por qué lo llama segundo
paso?
Por
los niños. Habrá visto como los niños se reparten papeles antes de
jugar «Yo soy el capitán y tú eres el vigía». Ese es el primer
paso de la imaginación. Dar el segundo es cerrar no solo los ojos
(lo hace), sino todos los sentidos y tomárselo completamente en
serio: «Yo soy el capitán y tú eres el vigía» (Quietud, dos
minutos después). Se acaba de caer al agua.
¿Cómo
dice?
Cayó
al agua, remontaba nuestro barco una ola y de repente lo oí gritando
a lo lejos, en el mar.
(Atragantamiento)
¡Espere! ¿Puede entrar ahí tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha estado
dentro?
No
sabría decirle, unos minutos.
¿Se
puede alterar el tiempo dentro de su cabeza?
Es
probable, nunca me he fijado.
¿¡Nunca
se ha fijado si puede manipular el tiempo!?
Manipular
es una palabra muy fea. En la imaginación se vive a otro ritmo, no
es algo manipulable. Y usted dice, pero, ¿se fija usted en si puede
manipular el tiempo en sus sueños?
Supongo
que no.
Porque
no lo necesita para soñar.
Hablemos
entonces del espacio. ¿Cómo distingue si está dentro o fuera de su
cabeza?
Cierre
los ojos, ponga su mano frente a usted, así. Ahora imagine que se
vuelve blanca, de un blanco luminoso, deslumbrante. Abra los ojos, si
es del color del que suele ser es que esta fuera. (Ambos miran
fijamente la mano del otro)
¿Funciona
eso siempre?
Claro,
cuando imaginas hasta el punto de confundir dentro con fuera, siempre
te saldrá algo así.
Creo
no equivocarme al pensar que la comida imaginada, el sueño imaginado
y el dinero imaginado no le valen fuera de la cabeza ¿Cómo
sobrevive?
Cobro
la entrevista.
(Risas)
Entonces dejemos eso para luego. ¿Por qué me la ha
concedido?
Quería
ver qué pasaba. Una de las cosas importantes para imaginar es tener
una amplia base de experiencias. Piense, por ejemplo, en hacer el
amor, las fantasías son más auténticas después de la primera vez.
¿Hizo
usted el amor para añadirlo a su base de experiencias?
Podría
decirse que sí, pero no le habría gustado estar en mi lugar.
¿No
se animaría a añadir algún detalle al respecto?
Lo
pregunta con tanta cautela que no me hace sentir mal al decir que no.
¿Y
a hablar de alguna experiencia peculiar que haya ampliado su acervo?
Le
chupé la sangre a un murciélago.
...
No
se lo tome a mal.
También
habrá probado muchas cosas dentro de su cabeza.
Muchas,
sí, pero la sensación nunca es más repulsiva que chuparle la
sangre a un murciélago.
¿Detalles?
No
sabe a hierro.
Me
refiero a esas otras cosas.
Ya.
Venga,
anímese.
Preferiría
hablar de otra cosa.
¿Vengo
hasta aquí para escucharlo y no me va a corresponder siquiera un
poco?
No
me gusta a dónde quiere llegar.
¿Y
qué le importa a alguien que sin duda estará por encima de las
apariencias?
(El
suelo tiembla) Por el mero hecho de no temerlas no da uno de comer a
las hienas.
Soy
la única persona que ha dignado a verlo. El único por el cual el
mundo sabrá de usted. ¿Qué les contaré si no me responde?
(El
temblor crece) Que escribe desde el orgullo. (¿Será un tren?)
Nadie
creerá tal cosa, ¿o va a salir ahí fuera a demostrarlo?
¿Salir?
Yo no necesito salir, (No es ningún tren) la pregunta es si saldrá
usted.
El
periodista se levantó y se sorprendió rodeado por las paredes de
una cueva. El creciente temblor agrietaba suelo y paredes, por lo que
corrió hacia la luz que creía salida. Una roca le agarró de la
cadera en su caída y se abrió paso por ropa y piel, la sangre lo
siguió a cojos intervalos hasta la entrada. Allí, se vio en ladera
de una montaña, la cueva a sus espaldas sellada. Pero pudo contener
la hemorragia, pudo bajar a tierra firme y pudo volver a su ciudad.
No obstante, nadie creyó su historia, vagó por las calles
intentando ser escuchado, pero nadie quería publicar delirios. Ya os
imagináis cómo acaba esto. Yo hace mucho que estaba imaginando
otras cosas.
Allá
en la cueva, las rocas que caían resonaban como olas contra la
quilla, pronto las únicas grietas fueron las de truenos en el cielo.
El vigía, el que busca ver sin ser visto, se había perdido en el
mar. Pero con solo su capitán, el barco navegaba de nuevo.
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