por V. Millán
No lo sé pues no respira. Una historia bella y
triste, y aquí se va a relatar con suma paciencia. No fue la
lamotrigina, ni el exceso de alcohol ni la desmedida vida sexual de
un joven, no fue tan siquiera el aburrimiento de la madrugada más
calurosa de junio. Es una historia, por así decirlo, amarga, incluso
podrida, qué sé yo. Es, al fin y al cabo, una metedura de pata
terroríficamente absurda. Pues imaginen ustedes a un joven de
cabellos sinuosos, de ojos chitos y hundidos, de labios fríos y
delgados; un Dandee al estilo frío, al estilo araña: te envuelve,
te conquista, te arrebata el color de tu mundo para colorearse sus
noches de extrañas ensoñaciones, de ensoñaciones imposibles,
pueriles; el poder de la fuerza volitiva de un alma en su juventud.
Pero si a éste joven le saliesen los planes de forma inesperada,
como de forma repentina: un sobresalto; ahí se deja ver su verdadera
naturaleza. Las sorpresas serían cómicas, o quizás no; todavía no
lo sabemos. Pues bien, sí se ha dado el caso, dado que éste joven
existió, vivió, o incluso puede que viva, aunque eso nos da igual a
estas alturas. Se dirige, de puntillas, como se dice, en la
profundidad de una noche de insomnio hacia su armario. ¿Y qué
guardará ahí? Ahí podrá guardar muchas cosas: desde unos
céntimos, unos calcetines o quién sabe: cosas, en definitiva. Pero
este chaval es diferente, y mientras recrea unos conciertos a los que
nunca asistió, mientras compone unas canciones con cuarenta años de
tardanza, mientras hace todo esto, se dirige a este armario. Y abre
la puerta, y se sube a un taburete, una ayuda para suplir
centímetros, y alarga su brazo derecho todo lo que puede y allí al
fondo encuentra un objeto y lo atrapa y lo saca a la luz de su
lámpara. Es un bote, un bote de cristal, en cuyo interior se halla
una crema de cacao bien conocida por todos. Entonces mira el bote con
curiosidad, provocada por su propia memoria. Pues entre usted y yo,
este bote lo puso él ahí hará años, ya hace años que ahí quedó
el bote. Entonces abre, desenrosca, destapa el bote, y el olor le
pega duro, entre cacao y vinagre, y la textura es la siguiente: una
capa líquida pero espesa, y lo sólido que queda, arenoso. Claro, él
actor tiene varias opciones: desde probarlo hasta volverlo a olvidar,
tirarlo incluso. Pero de momento, lo va a dejar pasar la noche, lo va
a dejar reposar bajo la ventana, bajo la atenta mirada de las
estrellas y esos espías chinos. Claro, la habitación está en
silencio, y el bote está ahí, y él también. Y como están juntos,
pues hay cariño. Y el bote se queda siempre ahí, pero el chaval,
no. El chaval se acerca, coge el bote, lo contempla. Está
maravillado, como encandilado, en verdad, ese bote le tiene
encantado. Abre y prueba su contenido, pura casualidad. Y lo prueba
como con asco y vicio, como con asco pero con ganas. El primer
lametón es el más duro: vence la barrera densa de líquido fétido
y abre camino hacia una mina de sabor y luz. Sigue comiendo; no está
mal. Pero, visto desde fuera, es lamentable el espectáculo, así que
deja el bote y se tumba. Se tumba a esperar. Esperaba algo
interesante. Como un colocón o una experiencia suprasensible. Pero
no. La experiencia es intravenosa, porque en las venas comienza a
notar un cosquilleo feroz. Luego, con el tiempo se encuentra dormido
y consciente. Y sabe que está dormido. Duerme dos o tres horas y se
despierta, pero cuando se despierta, entonces se duerme. La Luna se
torna hueca y los aires densos, le cuesta respirar. En ese momento
suena la puerta. Se hace el dormido. ¿Qué dicen sus ojos? No lo sé
pues no respira.
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