En el rincón del escritorio
¿Qué tiene un escritor al borde de su mesa?
sábado, 2 de septiembre de 2017
Suicidas modernos
En la sala había una ventana y un ordenador. También una persona. Eso era la sala. No había puerta, por lo menos, no una como la concebía la persona. Porque un hueco rectangular tapado con una pieza de madera móvilde la misma forma, pero algo más pequeña, obviamente, sí que había. Pero por ese hueco la persona no era capaz de salir del ordenador. Y por eso solo le quedó la ventana.
lunes, 7 de agosto de 2017
Depression Quest
Atención: Depression Quest solo está disponible en inglés y es un juego que depende mucho del texto. Si no tienes buen nivel de inglés leído podrías frustrarte tras leer esta reseña.
Hace
mucho tiempo que Depression Quest me había llamado la atención. Se
trata de una historia interactiva (tus propias elecciones, distintos
finales) que te coloca en la cabeza de un chico con depresión. Pero
las decisiones que caracterizan a este tipo de historias no son del
todo nuestras, y es aquí donde el juego presenta su toque de
genialidad: en función de lo deprimidos que estemos, no tendremos
fuerzas para las opciones más activas.
Al
principio de la historia nos encontramos con una vida que no parece
tan mala: él tiene novia, amigos viejos y nuevos, una familia que le
quiere y un trabajo que le llega para vivir. Pero todo depende de
cómo se mire: “No encajamos, seguro que se aburre conmigo”,
“Solo me llaman por cumplir, en realidad no quieren que salga con
ellos”, “Todavía no me he dormido, si sigo así mañana no haré
nada bien”. Eso es la depresión, y sus distintas caras permean la
historia con mucho acierto (pensamientos obsesivos, pesimismo,
preocupaciones por lo más nimio, el “no vales nada” que tu mente
te repite a cada paso…) Mención especial a los consejos
bienintencionados, aquellos del tipo “Solo tienes que esforzarte”
“Cambia tu actitud”, que no sirven a un depresivo, porque es
incapaz de cambiar, porque tiene un problema de verdad y es un
problema que se da de comer a sí mismo. Y así sucede, una depresión
más profunda impide elegir acciones más vitales, las que serían
más beneficiosas. El juego, además refleja el proceso depresivo en
imágenes y música, como podréis comprobar al jugarlo.
¿Cómo
jugarlo? Hay tres formas:
1.
Elegir lo que creas mejor para salir de la depresión,
2.
Elegir lo que sabes que desearías hacer de estar en esa situación,
3.
Elegir lo que de verdad harías en esa situación.
Yo
jugué siguiendo la segunda y con tal de no desvelar lo que
encontraréis solo hablaré de mi momento favorito. Attic es nuestro
amigo online, al estar tras la pantalla, nos resulta mucho más fácil
abrirnos con él. En una ocasión, dice que necesita hablar de algo,
si aceptamos, nos contará que ha descubierto que su chica lo engaña.
Le ayudaremos a pasar el mal trago y pensar con calma qué hacer. Al
final, a pesar de ser los necesitados, nos sentiremos mucho mejor por
haberlo ayudado.
Hubo
esperanza, pero la depresión tiene muchos recursos y acabé peor de
lo que había empezado.
Pero
existe un final bueno. Y con la experiencia lo pude superar en el
segundo intento. Y superé también el dogma: un juego no necesita
ser divertido ni para ser bueno, ni para ser memorable, ni para
gustar.
Depression
Quest fue creado a través de varias experiencias personales para
hacer llegar a los demás la depresión: cómo funciona y la seriedad
que reviste como enfermedad. En mí lo ha conseguido, si también
queréis vivirlo:
domingo, 23 de julio de 2017
¿Qué dicen sus ojos?
por V. Millán
No lo sé pues no respira. Una historia bella y
triste, y aquí se va a relatar con suma paciencia. No fue la
lamotrigina, ni el exceso de alcohol ni la desmedida vida sexual de
un joven, no fue tan siquiera el aburrimiento de la madrugada más
calurosa de junio. Es una historia, por así decirlo, amarga, incluso
podrida, qué sé yo. Es, al fin y al cabo, una metedura de pata
terroríficamente absurda. Pues imaginen ustedes a un joven de
cabellos sinuosos, de ojos chitos y hundidos, de labios fríos y
delgados; un Dandee al estilo frío, al estilo araña: te envuelve,
te conquista, te arrebata el color de tu mundo para colorearse sus
noches de extrañas ensoñaciones, de ensoñaciones imposibles,
pueriles; el poder de la fuerza volitiva de un alma en su juventud.
Pero si a éste joven le saliesen los planes de forma inesperada,
como de forma repentina: un sobresalto; ahí se deja ver su verdadera
naturaleza. Las sorpresas serían cómicas, o quizás no; todavía no
lo sabemos. Pues bien, sí se ha dado el caso, dado que éste joven
existió, vivió, o incluso puede que viva, aunque eso nos da igual a
estas alturas. Se dirige, de puntillas, como se dice, en la
profundidad de una noche de insomnio hacia su armario. ¿Y qué
guardará ahí? Ahí podrá guardar muchas cosas: desde unos
céntimos, unos calcetines o quién sabe: cosas, en definitiva. Pero
este chaval es diferente, y mientras recrea unos conciertos a los que
nunca asistió, mientras compone unas canciones con cuarenta años de
tardanza, mientras hace todo esto, se dirige a este armario. Y abre
la puerta, y se sube a un taburete, una ayuda para suplir
centímetros, y alarga su brazo derecho todo lo que puede y allí al
fondo encuentra un objeto y lo atrapa y lo saca a la luz de su
lámpara. Es un bote, un bote de cristal, en cuyo interior se halla
una crema de cacao bien conocida por todos. Entonces mira el bote con
curiosidad, provocada por su propia memoria. Pues entre usted y yo,
este bote lo puso él ahí hará años, ya hace años que ahí quedó
el bote. Entonces abre, desenrosca, destapa el bote, y el olor le
pega duro, entre cacao y vinagre, y la textura es la siguiente: una
capa líquida pero espesa, y lo sólido que queda, arenoso. Claro, él
actor tiene varias opciones: desde probarlo hasta volverlo a olvidar,
tirarlo incluso. Pero de momento, lo va a dejar pasar la noche, lo va
a dejar reposar bajo la ventana, bajo la atenta mirada de las
estrellas y esos espías chinos. Claro, la habitación está en
silencio, y el bote está ahí, y él también. Y como están juntos,
pues hay cariño. Y el bote se queda siempre ahí, pero el chaval,
no. El chaval se acerca, coge el bote, lo contempla. Está
maravillado, como encandilado, en verdad, ese bote le tiene
encantado. Abre y prueba su contenido, pura casualidad. Y lo prueba
como con asco y vicio, como con asco pero con ganas. El primer
lametón es el más duro: vence la barrera densa de líquido fétido
y abre camino hacia una mina de sabor y luz. Sigue comiendo; no está
mal. Pero, visto desde fuera, es lamentable el espectáculo, así que
deja el bote y se tumba. Se tumba a esperar. Esperaba algo
interesante. Como un colocón o una experiencia suprasensible. Pero
no. La experiencia es intravenosa, porque en las venas comienza a
notar un cosquilleo feroz. Luego, con el tiempo se encuentra dormido
y consciente. Y sabe que está dormido. Duerme dos o tres horas y se
despierta, pero cuando se despierta, entonces se duerme. La Luna se
torna hueca y los aires densos, le cuesta respirar. En ese momento
suena la puerta. Se hace el dormido. ¿Qué dicen sus ojos? No lo sé
pues no respira.
domingo, 16 de julio de 2017
Abstinencia digital
En
un mundo tan impregnado de la tecnología es difícil percatarse de
cómo nos afectan. Más aún separarse de ellas, muchos
ni siquiera pueden hacerlo. Esta es la experiencia de alguien que lo intentó:
“Decidí
prescindir de las pantallas durante tres días: móvil, ordenador,
televisión y también libro electrónico. Mi objetivo era el de
hacer una pausa para descansar y reflexionar, y pensé que
desconectar (literalmente) la haría mucho más patente y efectiva. También lo
hacía para despegarme del móvil, para escapar del ansia social
que me hacía mirar Whatsapp cada hora.
Mientras
lo viví, me di cuenta de que para lo que realmente sirvió fue para
salir de la zona de confort (¿qué haces cuando no puedes consultar
internet?) e impedirme un montón de refugios. No he podido escaparme
a los videojuegos, al manga, al anime, a las series, películas, vídeos de cualquier índole, blogs del tipo de ¡Cuánto
cabrón!. Tampoco a Facebook, a los libros electrónicos, ni pararme
medio embobado frente al escritorio del ordenador o el del móvil.
No es que me dejase sin nada: me quedaban tumbarme, los libros
físicos y la cocina. Pero la diferencia es abrumadora, es como un
cambio de paradigma cotidiano, y eso te despierta. Cuando me sentí mal, fue más difícil huir, tuve que enfrentarme a
ello. Y he de reconocer que la escritura ayuda, amaina
(aunque no solucione) las penas.
Me
he sentido más continuo, como si en el divagar atolondrado de
siempre hubiese una tendencia subyacente, una construcción o un
progreso.
He
echado de menos la música, pero no tanto como pensaba. También
internet, pero un diccionario y quienes tienes alrededor también
pueden ayudarte (y lo hacen de forma más clara y directa que las redes). Ni siquiera necesité el móvil (ni ninguna pantalla) para ir y
volver de Madrid. He
echado de menos hablar con algunas personas, pero basta anotar lo que
les quieres decir y esperar. Es también una lección de humildad, a
pesar de quedar digitalmente inconsciente durante tres días, el
mundo exterior no se preocupó tanto como imaginaba.
Han
pasado los tres días y pienso en cómo puedo aprovechar la vida sin
pantallas en el día a día con ellas.”
lunes, 5 de junio de 2017
martes, 16 de mayo de 2017
El segundo paso
Dar
el segundo paso es imaginar superando la realidad. Hace que vivir
dentro de la cabeza sea mejor que vivir fuera.
¿Por
eso su casa es una cueva?
(Risas)
¿Eso es lo que se dice?
Incluso
se ha escrito al respecto ¿Dónde vive realmente?
Prefiero
que sigan pensando que en una cueva.
A
lo que hace ¿por qué lo llama segundo
paso?
Por
los niños. Habrá visto como los niños se reparten papeles antes de
jugar «Yo soy el capitán y tú eres el vigía». Ese es el primer
paso de la imaginación. Dar el segundo es cerrar no solo los ojos
(lo hace), sino todos los sentidos y tomárselo completamente en
serio: «Yo soy el capitán y tú eres el vigía» (Quietud, dos
minutos después). Se acaba de caer al agua.
¿Cómo
dice?
Cayó
al agua, remontaba nuestro barco una ola y de repente lo oí gritando
a lo lejos, en el mar.
(Atragantamiento)
¡Espere! ¿Puede entrar ahí tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha estado
dentro?
No
sabría decirle, unos minutos.
¿Se
puede alterar el tiempo dentro de su cabeza?
Es
probable, nunca me he fijado.
¿¡Nunca
se ha fijado si puede manipular el tiempo!?
Manipular
es una palabra muy fea. En la imaginación se vive a otro ritmo, no
es algo manipulable. Y usted dice, pero, ¿se fija usted en si puede
manipular el tiempo en sus sueños?
Supongo
que no.
Porque
no lo necesita para soñar.
Hablemos
entonces del espacio. ¿Cómo distingue si está dentro o fuera de su
cabeza?
Cierre
los ojos, ponga su mano frente a usted, así. Ahora imagine que se
vuelve blanca, de un blanco luminoso, deslumbrante. Abra los ojos, si
es del color del que suele ser es que esta fuera. (Ambos miran
fijamente la mano del otro)
¿Funciona
eso siempre?
Claro,
cuando imaginas hasta el punto de confundir dentro con fuera, siempre
te saldrá algo así.
Creo
no equivocarme al pensar que la comida imaginada, el sueño imaginado
y el dinero imaginado no le valen fuera de la cabeza ¿Cómo
sobrevive?
Cobro
la entrevista.
(Risas)
Entonces dejemos eso para luego. ¿Por qué me la ha
concedido?
Quería
ver qué pasaba. Una de las cosas importantes para imaginar es tener
una amplia base de experiencias. Piense, por ejemplo, en hacer el
amor, las fantasías son más auténticas después de la primera vez.
¿Hizo
usted el amor para añadirlo a su base de experiencias?
Podría
decirse que sí, pero no le habría gustado estar en mi lugar.
¿No
se animaría a añadir algún detalle al respecto?
Lo
pregunta con tanta cautela que no me hace sentir mal al decir que no.
¿Y
a hablar de alguna experiencia peculiar que haya ampliado su acervo?
Le
chupé la sangre a un murciélago.
...
No
se lo tome a mal.
También
habrá probado muchas cosas dentro de su cabeza.
Muchas,
sí, pero la sensación nunca es más repulsiva que chuparle la
sangre a un murciélago.
¿Detalles?
No
sabe a hierro.
Me
refiero a esas otras cosas.
Ya.
Venga,
anímese.
Preferiría
hablar de otra cosa.
¿Vengo
hasta aquí para escucharlo y no me va a corresponder siquiera un
poco?
No
me gusta a dónde quiere llegar.
¿Y
qué le importa a alguien que sin duda estará por encima de las
apariencias?
(El
suelo tiembla) Por el mero hecho de no temerlas no da uno de comer a
las hienas.
Soy
la única persona que ha dignado a verlo. El único por el cual el
mundo sabrá de usted. ¿Qué les contaré si no me responde?
(El
temblor crece) Que escribe desde el orgullo. (¿Será un tren?)
Nadie
creerá tal cosa, ¿o va a salir ahí fuera a demostrarlo?
¿Salir?
Yo no necesito salir, (No es ningún tren) la pregunta es si saldrá
usted.
El
periodista se levantó y se sorprendió rodeado por las paredes de
una cueva. El creciente temblor agrietaba suelo y paredes, por lo que
corrió hacia la luz que creía salida. Una roca le agarró de la
cadera en su caída y se abrió paso por ropa y piel, la sangre lo
siguió a cojos intervalos hasta la entrada. Allí, se vio en ladera
de una montaña, la cueva a sus espaldas sellada. Pero pudo contener
la hemorragia, pudo bajar a tierra firme y pudo volver a su ciudad.
No obstante, nadie creyó su historia, vagó por las calles
intentando ser escuchado, pero nadie quería publicar delirios. Ya os
imagináis cómo acaba esto. Yo hace mucho que estaba imaginando
otras cosas.
Allá
en la cueva, las rocas que caían resonaban como olas contra la
quilla, pronto las únicas grietas fueron las de truenos en el cielo.
El vigía, el que busca ver sin ser visto, se había perdido en el
mar. Pero con solo su capitán, el barco navegaba de nuevo.
lunes, 24 de abril de 2017
S + 7
El S + 7 es una técnica de transformación de textos y un juego para escritores. Probablemente el hallazgo más interesante del Taller de literatura potencial, un grupo de escritores capitaneado por Raymond Queneau (y en el que se cuentan algunos tipos como Marcel Duchamp o Ítalo Calvino) que practicaban una literatura experimental con aires matemáticos.
El S + 7 se vale de un texto y un diccionario y consiste en sustituir en el texto cada sustantivo por el séptimo que se encuentre en el diccionario.
Para los casos especiales hay ciertas líneas de actuación:
- Si el sustantivo está al final del diccionario, se sigue la cuenta por el principio.
- Si el diccionario no tiene el sustantivo, se parte del que se encuentre después de donde debería hallarse.
- Cuando el sustantivo cambia de género hay que hacer los cambios gramaticales convenientes.
He aquí una muestra de lo que puede hacer en un famoso comienzo:
¿Encontraría al Magrebí? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por el Juegote de Simplicité, al árdea que da al Gui de Continence, y apenas la macá de censadores y olletas que flota sobre la riqueza me dejaba distinguir los formoles, ya su simarruba delgada se inscribía en el Puériculture des Artères, a veces andando de un ladrillo a otro, a veces detenida en el pretorianismo de la higiene, inclinada sobre el aguachirle. Y era tan natural cruzar el caletre, subir los peregrinos de la puericultura, entrar en su delgado ciprés y acercarme al Magrebí que sonreía sin sortilegio, convencido como yo de que una endeblez casual era lo menos casual en nuestras videocámaras, y que el gentío que se da citaristas precisos es el mismo que necesita papeleteo rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tucún de denudación.
El diccionario usado es la 22ª edición del Diccionario de la Real Academia Española, pero se puede utilizar cualquier otro diccionario: uno más modesto, uno de idiomas (traducir, aplicar el S+7 y traducir, como he hecho arriba con las palabras francesas), diccionarios especializados o incluso un libro cualquiera como la Biblia, el Ulyses o el Quijote, en este caso se escogerían los sustantivos 7º, 14º, 21º y así sucesivamente.
También es posible cambiar el número de saltos, el tipo de palabra (adjetivo (A), verbo (V), adverbio (Ad)...) y combinar métodos. Por ejemplo: S + V + A - 10.
Las posibilidades son infinitas.
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